El fútbol tiene esos guiones que parecen escritos con tinta de sufrimiento y gloria, una marca registrada de nuestra identidad. La semifinal en Georgia fue una batalla táctica de dientes apretados donde cada pelota se disputó como si fuera la última. El gol inglés en el complemento cayó como un baldazo de agua fría que paralizó los corazones de punta a punta del país, pero este plantel tiene un fuego sagrado que no se apaga con el primer viento en contra; sabe templar el pulso cuando las papas queman.
Cuando el reloj apretaba y el alma pendía de un hilo, la jerarquía de los campeones del mundo dio la cara. A los 84 minutos, Enzo Fernández frotó la lámpara para poner el empate y encender un grito de desahogo que se escuchó desde el MetLife hasta el último rincón de la patria. El empate no era suficiente para el orgullo de un equipo herido que, lejos de especular con el alargue, fue a buscar la gloria con lo que le quedaba en el tanque.
Y en el minuto 91, cuando la épica exigía un héroe, apareció el Toro. Lautaro Martínez la mandó a guardar para desatar la locura colectiva, el llanto de los hinchas en las tribunas y un abrazo eterno que recorre el mapa de norte a sur. Con el 2-1 sellado con épica pura, Argentina tacha a los ingleses de la lista, saca pasaje a la final del domingo 19 de julio contra España y demuestra que, para bajarnos del trono, van a tener que dejar la vida.





