La economía argentina transita el inicio del segundo trimestre del año exhibiendo una marcada dualidad entre la recesión interna y el dinamismo exportador de sectores estratégicos. Según el último informe oficial publicado por el INDEC, durante abril se interrumpió la tendencia de recuperación que amagaban mostrar algunos rubros clave de la actividad. La industria manufacturera y el sector de la construcción registraron caídas interanuales idénticas del 2,8%, acompañadas por retrocesos en la medición mensual desestacionalizada del 2,1% y el 4% respectivamente, lo que enciende alarmas sobre la sustentabilidad del consumo y el empleo en los centros urbanos.
En la vereda opuesta, el complejo energético y minero se consolida como el principal motor de resiliencia macroeconómica, impulsado fundamentalmente por el salto productivo en el yacimiento no convencional de Vaca Muerta. El rendimiento de estas actividades extractivas alcanzó un hito histórico en el primer cuatrimestre, aportando un volumen de divisas equivalente al de todo el sector agropecuario, tradicional sostén del comercio exterior argentino. Este cambio estructural morigera el impacto de la contracción fabril y diversifica la matriz de ingresos del país de cara al resto del año.
Acompañando este flujo de divisas, el frente financiero muestra un alivio que contrasta con la debilidad de la actividad real. El Banco Central mantiene una racha compradora sostenida en el mercado libre de cambios, logrando absorber más de 600 millones de dólares en lo que va de junio. Este ingreso neto de fondos le permite a la autoridad monetaria continuar con el proceso de fortalecimiento de las reservas internacionales netas, una variable considerada clave por el Palacio de Hacienda para garantizar la estabilidad del tipo de cambio y mantener bajo control las expectativas inflacionarias.





