Boca Juniors sufrió un duro traspié en su visita a Brasil, donde no solo perdió su invicto, sino que también quedó relegado al segundo puesto de su zona. El encuentro estuvo condicionado desde la primera mitad por la excesiva carga de fricción y «testosterona» con la que el equipo de Úbeda encaró el duelo. En ese contexto, la expulsión de Adam Bareiro antes del descanso no resultó extraña: aunque la tarjeta que derivó en la roja fue discutible por una simulación del rival, el paraguayo había jugado al límite durante todo el encuentro, dejando a su equipo con diez hombres en un terreno siempre hostil.
En el complemento, el planteo táctico de Boca se desdibujó tras los cambios. El ingreso de Figal para armar una línea de tres y la salida de Merentiel por Zeballos no surtieron el efecto deseado; lejos de ganar aire para el contraataque, el equipo se atrincheró excesivamente cerca del arco de Brey. La ausencia del oficio de la «Bestia» para aguantar el balón arriba condenó al Xeneize a un monólogo de Cruzeiro, que movió la pelota con paciencia hasta que, a poco del final, una combinación entre Pereira y Kaio Jorge permitió que Villarreal empujara el gol de la victoria sobre la línea.
El cierre del partido fue el reflejo de una noche para el olvido. Boca se despidió del encuentro sin haber pateado al arco y envuelto nuevamente en provocaciones y tumultos que rozaron el escándalo generalizado. La derrota deja una lección clara para el conjunto de la Ribera de cara a lo que viene en el certamen internacional: en las noches de Copa, la inteligencia y la templanza suelen ser herramientas mucho más efectivas que el ímpetu desmedido o la guapeza mal entendida.





