La Ruta Nacional 11, en el trayecto que se despliega desde la salida de Resistencia y atraviesa las jurisdicciones de Colonia Benítez y Margarita Belén, ha dejado de ser una simple vía de comunicación para transformarse en un macabro escenario de tragedias repetitivas, sumando un nuevo capítulo trágico este viernes con un fatal choque frontal en el kilómetro 1034 que le costó la vida a un docente ex supervisor. En los últimos siete años, este corredor asfáltico ha sido el escenario de siniestros viales de extrema gravedad que desnudaron la desprotección de quienes lo transitan, dejando un tendal de fallecidos y heridos con secuelas irreparables. La dolorosa realidad de las estadísticas —nutrida por violentos impactos, despistes y colisiones múltiples— expone una verdad insoslayable: el diseño actual de la ruta ya no es capaz de absorber de manera segura el caudal de tránsito que circula diariamente por la región.

El verdadero peligro radica en un perverso «efecto embudo». Los conductores que abandonan la capital chaqueña transitan inicialmente por una autovía moderna y segura, pero al dejar atrás la periferia de Resistencia la infraestructura cambia drásticamente para convertirse en una carretera convencional de un solo carril por mano. En este extenso tramo, el intenso flujo de camiones de carga internacional se mezcla con el tránsito vecinal de las localidades que la ruta parte a la mitad. Esta peligrosa convivencia, sumada a las maniobras de sobrepaso apresuradas para romper la marcha lenta de los vehículos pesados en plena calzada simple, transforma cada kilómetro en una ruleta rusa vial.

A este complejo panorama de infraestructura se le suman factores ambientales determinantes que multiplican el riesgo de muerte a lo largo de este corredor. Al atravesar una geografía baja, boscosa y rodeada de humedales, la ruta es propensa a sufrir densos bancos de niebla matinales e intensas lloviznas que reducen la visibilidad a escasos metros, atrapando de sorpresa a los automovilistas. Fue precisamente bajo estas extremas condiciones climáticas y de asfalto mojado donde se registraron los impactos frontales más estremecedores de los últimos años, donde la falta de una separación física entre los carriles de circulación transformó un imprevisto o un error de cálculo en una fatalidad instantánea.
Frente a este escenario de luto permanente, la construcción de una autovía que se extienda de forma continua hasta el empalme con la Ruta Provincial 90 ya no puede ser tratada como una promesa de campaña de largo plazo o una obra pública prescindible; es una necesidad humanitaria y urgente. Duplicar la calzada y separar los sentidos de circulación a lo largo de todo el trayecto que une estas poblaciones es la única respuesta estructural definitiva para terminar con el solapamiento de carriles y neutralizar los factores de riesgo. Cada día de demora en la extensión de esta obra se traduce, inevitablemente, en el riesgo latente de sumar un nuevo nombre a la ya extensa lista de muertes evitables en el asfalto chaqueño.
Ph. Pato Gómez





