El devastador terremoto que sacudió la isla de Mindanao, en el sur de Filipinas, transformó el inicio del lunes en un escenario de caos y destrucción. Con un saldo inicial de al menos una veintena de fallecidos (cifra que medios locales elevan a más de 30 debido a desprendimientos de tierra y caídas de escombros), más de un centenar de heridos y una docena de desaparecidos, el movimiento telúrico de magnitud 7,8 se posiciona como uno de los más violentos que ha golpeado a la región en los últimos años. El pánico se apoderó de los habitantes de localidades como General Santos y Maasim, cercanas al epicentro, donde el sismo sorprendió a la población en las primeras horas de la mañana.
El impacto en la infraestructura urbana ha sido severo, provocando el derrumbe total y parcial de viviendas, centros comerciales, restaurantes y escuelas. El sismo coincidió trágicamente con el primer día del ciclo lectivo 2026-2027, lo que obligó al Departamento de Educación a suspender de inmediato las clases en cinco regiones de Mindanao para resguardar la seguridad de más de tres millones de alumnos. Organismos internacionales como Unicef ya se han puesto a disposición del gobierno del presidente Ferdinand Marcos Jr. para asistir a las miles de familias damnificadas y coordinar la reconstrucción de las más de 6.000 escuelas afectadas.
Además de la sacudida en tierra, el terremoto generó una enorme alarma en toda la cuenca del Pacífico al activarse alertas de tsunami que abarcaron desde la propia Filipinas hasta las costas de Indonesia y el sureste de Japón. Si bien las olas no alcanzaron niveles catastróficos —registrándose un máximo de 1,4 metros en la zona costera de Kiamba—, las advertencias obligaron a miles de residentes a evacuar hacia terrenos elevados. Mientras las alertas marítimas ya han sido levantadas, los equipos de rescate continúan removiendo escombros bajo la constante amenaza de más de 130 réplicas, algunas de las cuales alcanzaron magnitudes de hasta 6,7.





