El endeudamiento familiar pasó de ser un recurso ocasional para la adquisición de bienes durables a un mecanismo de subsistencia cotidiana para cubrir alimentos y servicios. Informes privados revelan que las familias destinan en promedio cerca de una cuarta parte de sus recursos mensuales a saldar compromisos financieros, cifra que escala al 30% al contemplar refinanciaciones y préstamos en casas comerciales o fintech. La contracción del ingreso disponible, sumada al encarecimiento relativo de las tarifas de servicios públicos y la baja oferta de cuotas sin interés, comprimió el margen de maniobra de los consumidores, empujándolos a recurrir al plástico para financiar el carrito del supermercado.
Esta dinámica derivó en un deterioro progresivo de las métricas de morosidad dentro del sistema. El ratio de irregularidad en créditos al consumo escaló a niveles récord en el transcurso del año, superando el 12% en el sistema bancario tradicional y ubicándose por encima del 20% en el sector de las plataformas digitales y financieras no bancarias. Según el Centro de Estudios para la Recuperación de la Argentina (Centro RA-UBA) y consultoras del sector, el uso de tarjetas de crédito en compras esenciales creció en detrimento del débito y el efectivo, lo que evidencia que una porción significativa del financiamiento actual responde a una necesidad de postergar pagos más que a un aumento del consumo real.
Ante este escenario, bancos y entidades financieras comenzaron a aplicar filtros de riesgo más estrictos, reestructurando carteras y acortando límites crediticios para atenuar el incumplimiento. Analistas económicos coinciden en que la alta carga financiera que pesa sobre los hogares se erige como uno de los principales obstáculos para la reactivación económica. Sin un repunte sostenible del salario real que permita desahogar la capacidad de pago diaria, el consumo continuará condicionado por el techo que impone el vencimiento del resumen.





