El 8 de octubre de 2006, mientras el Superclásico terminaba con victoria de River sobre Boca, Antonella Albamonte se iba a dormir al fondo del micro que la traía de regreso tras participar por tercera vez en un viaje solidario organizado por el colegio Ecos en El Impenetrable chaqueño. Tenía 17 años y un golpe seco la despertó en el kilómetro 689 de la ruta 11, en el departamento de Vera, Santa Fe; a su alrededor, cientos de pedacitos de vidrio cubrían los asientos en medio de una tragedia que dejó doce muertos —entre estudiantes, docentes y el chofer del camión— y 38 heridos de distinta gravedad.
Horas más tarde, el reencuentro con su papá dejó una escena imborrable cuando él, tras haber visto cómo había quedado destrozado el vehículo en el camino a la clínica, le besó los moretones y le agradeció que fueran lo único que le había pasado. Sin embargo, el impacto físico sanó rápido, pero el emocional perduró profundamente a lo largo de las décadas.
A los 37 años, veinte años después de aquella noche, Antonella continúa transitando las secuelas de aquel fatídico episodio bajo tratamiento psicológico y psiquiátrico por un trastorno de ansiedad generalizada. “Sigo en tratamiento por el terror de una muerte repentina”, resume sobre una herida que la acompaña de por vida, mientras la organización Conduciendo a Conciencia sostiene su histórico reclamo para evitar que tragedias viales de este tipo vuelvan a repetirse.





