El uso de dinero en efectivo en la Argentina atraviesa un proceso de marcado retroceso impulsado por la consolidación de los medios de pago electrónicos. La modificación en las costumbres cotidianas de los consumidores, que priorizan la inmediatez y seguridad de operar sin billetes físicos, se refleja con claridad en las estadísticas del sistema financiero y en la abrupta pérdida de protagonismo de las operaciones tradicionales en ventanillas y cajeros.
De acuerdo con los registros informados por el Banco Central, el volumen de extracciones experimentó una contracción vertical al pasar de 99 millones de operaciones mensuales en julio de 2024 a apenas 46 millones dos años después, lo que representa una reducción de más de la mitad. El desplome se explica principalmente por el menor uso de la red de cajeros automáticos, cuyos retiros mensuales sufrieron una caída desde aproximadamente 90 millones hasta poco más de 40 millones en el mismo período.
Si bien la llegada del billete de $20.000 a fines de 2024 otorgó cierta comodidad operativa al permitir la portabilidad de mayores montos con menor cantidad de unidades físicas, su impacto sobre la tendencia general resultó acotado. La persistencia de la inflación acumulada erosionó con velocidad el poder adquisitivo de dicha denominación, demostrando que el fenómeno responde estructuralmente a un cambio tecnológico y cultural en las transacciones comerciales.
De este modo, la digitalización de la economía reconfigura el negocio bancario y obliga a repensar la infraestructura física del sector. Con un ecosistema dominado por las transferencias instantáneas, los pagos con tarjeta de débito y el uso masivo de códigos QR, el efectivo continúa perdiendo terreno frente a la comodidad de las billeteras virtuales.





