El sector nuclear argentino atraviesa un momento de fuerte incertidumbre debido a las denuncias por demoras significativas y sobrecostos en los trabajos de extensión de vida útil de Atucha I. La central, cuya operatividad es clave para la estabilidad del sistema interconectado nacional, se encuentra en un proceso técnico complejo que ha superado los plazos previstos originalmente. Esta situación ha despertado alarmas entre técnicos y especialistas, quienes advierten sobre las consecuencias económicas de postergar la reincorporación de esta fuente de energía base a la red eléctrica.
En el centro de las críticas se encuentra la gestión de Demian Reidel, asesor presidencial con influencia directa en el área, cuya estrategia operativa está siendo cuestionada por la falta de avances concretos. Según diversas fuentes del sector, las dificultades logísticas y presupuestarias han derivado en una parálisis administrativa que impide cumplir con el cronograma de obra. El escrutinio sobre el manejo de los recursos destinados a Nucleoeléctrica Argentina (NA-SA) se ha intensificado, mientras se espera una respuesta oficial que aclare el destino de los fondos y los nuevos plazos de ejecución.
El impacto de este retraso no solo afecta al presupuesto estatal por el incremento de los costos operativos, sino que también pone en riesgo la soberanía energética de cara a los picos de demanda proyectados para el próximo invierno. La postergación de la puesta en marcha obliga al país a depender de importaciones de energía o de la quema de combustibles fósiles, que resultan más costosos y menos sostenibles. Por el momento, la incertidumbre persiste mientras los organismos de control evalúan los pasos a seguir para reactivar uno de los proyectos de infraestructura más sensibles de la agenda nacional.





