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domingo, septiembre 13, 2026
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Vínculos mortales: por qué las relaciones obsesivas escalan hasta la tragedia y la violencia extrema

El trágico homicidio de Matías Julián Álvarez Guardia a manos de su pareja, Victoria Cantero, en la provincia del Chaco, vuelve a exponer la cara más letal de los vínculos dominados por la obsesión, el control y la escalada de agresión. Especialistas en salud mental analizan los mecanismos psíquicos que impiden salir de estos espirales enfermizos hasta que sobreviene el desenlace fatal.

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El brutal crimen en Chaco, donde Matías Julián Álvarez Guardia (29) fue ultimado a puñaladas tras una supuesta discusión con Victoria Luz Cantero (25), reabrió el debate sobre la peligrosidad de las dinámicas de pareja atravesadas por la violencia física y psíquica. El testimonio de los allegados del joven, quienes relataron que existían antecedentes de hostigamiento y múltiples intentos fallidos por cortar la relación, pone de manifiesto la estructura de los vínculos con rasgo patológico. Lejos de ser un hecho aislado, este caso funciona como una trágica muestra de la vigencia de las relaciones de dominación en las que el límite entre el afecto y la destrucción mutua queda anulado.

Al intentar descifrar por qué resulta sumamente difícil romper estos círculos destructivos, la psiquiatría y el psicoanálisis señalan el papel central de la manipulación y el sometimiento. El reconocido médico psiquiatra Hugo Marietan explica que en este tipo de dinámicas intervienen rasgos de psicopatía en donde una de las partes ejerce una violencia sutil o explícita de acoso, desacreditación y tortura psíquica. Según Marietan, la víctima suele ingresar en un circuito donde la perversión y la tensión del sometimiento se vuelven paradójicamente «entrañables» y difíciles de desarmar: «El sujeto penetra como un virus en la mente del otro, generando una sumisión irracional y una tensión constante que traspasa el sufrimiento; la lógica convencional no comprende por qué no se van, pero quedan entrampados en una espiral donde los límites se distorsionan por completo».

Por su parte, el psicoanalista y escritor Gabriel Rolón advierte sobre las trampas conceptuales y la adicción emocional que sostienen las relaciones destructivas. Rolón enfatiza la urgencia de desmitificar la idea de que el amor justifica el padecimiento: «Si hay algo verdaderamente difícil en la clínica es convencer a una persona de que renuncie a su sufrimiento. A veces se tolera la agresión creyendo que es una fibra del compromiso, cuando en realidad la violencia siempre escala: empieza con una mala mirada o un insulto y, si no hay un freno radical, termina trágicamente». El psicoanalista subraya además que, desde el momento en que se cobra conciencia de estar frente a un vínculo patológico, la permanencia genera una peligrosa ceguera donde se tolera lo intolerable.

La mirada del psiquiatra y psicoanalista José Abadi añade una dimensión sobre la pérdida de la empatía y la descomposición del diálogo interpersonal en la sociedad. Abadi señala que cuando la agresión reemplaza la palabra, el espacio íntimo queda desmantelado y la pareja se convierte en un terreno de confrontación: «Cuando en una relación la otredad no es cuidada, la víctima o el victimario se inscriben en términos de guerra. Se sale de la posibilidad de un vínculo verdadero y la dinámica pasa a ser la persecución, la victimización o el miedo. Entrar en el argumento del violento es jugar en una cancha donde no hay nada para rescatar y donde la violencia busca llenar un mensaje vacío a través de la fuerza física».

La prevención exige prestar atención a las señales de alerta tempranas que el entorno familiar y de amigos suele presenciar pero que muchas veces quedan invisibilizadas por falta de denuncias o naturalización. El aislamiento progresivo, las persecuciones desmedidas, los ataques de celos descontrolados, el chantaje emocional y las apariciones intempestivas en los lugares de trabajo o estudio son síntomas claros de un vínculo altamente riesgoso. Romper la creencia de que «el amor todo lo soporta» o que el agresor cambiará por sí solo resulta imperativo; erradicar la idea de que el daño forma parte del afecto es la única vía para detectar la patología a tiempo y evitar que los conflictos cotidianos deriven en una tragedia irreversible.

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