El dato de abril, donde los salarios registrados superaron a la inflación por primera vez en siete meses, ha generado una cautelosa expectativa económica. Sin embargo, los especialistas subrayan que un solo mes positivo no garantiza una reversión estructural de la tendencia. Tras un periodo acumulado de caída real cercano al 5% entre mediados de 2025 y principios de 2026, el desafío actual es transformar ese «respiro» en un proceso sostenido que permita recomponer el poder adquisitivo frente al alza de los precios.
La dinámica del segundo semestre estará estrechamente ligada a la desaceleración del IPC. Si la inflación logra mantenerse en niveles cercanos al 2% mensual, los ingresos nominales podrían empezar a ganar terreno real de forma más consistente. No obstante, la recuperación se presenta sumamente heterogénea: mientras que el sector privado formal, respaldado por paritarias, posee herramientas para defender sus haberes, el sector público, limitado por el ajuste fiscal, y el sector informal, carente de convenios colectivos, enfrentan obstáculos significativamente mayores para seguirle el ritmo a la economía.
En última instancia, la sostenibilidad de esta mejora depende de una reactivación real del aparato productivo en ramas como la industria, el comercio y la construcción. El equipo económico confía en que la recuperación salarial actúe como el motor necesario para impulsar el consumo masivo y fortalecer la actividad económica. A pesar de esto, la debilidad persistente del mercado laboral, reflejada en una baja del empleo registrado desde el cambio de administración, continúa siendo el principal condicionante para que el rebote salarial se traduzca en una mejora definitiva del bienestar de las familias.





