La frágil tregua alcanzada en Medio Oriente el mes pasado quedó virtualmente rota este domingo luego de que la Guardia Revolucionaria de Irán declarara el cierre indefinido del estrecho de Ormuz, una de las arterias marítimas y energéticas más críticas del planeta. La drástica medida fue tomada por Teherán tras abrir fuego contra un carguero comercial de bandera chipriota, bajo el argumento de consolidar el control de la zona ante el rechazo internacional a sus peajes unilaterales. El bloqueo encendió de inmediato las alarmas en los mercados globales, ya que por este corredor circula aproximadamente la quinta parte del consumo mundial de petróleo y gas licuado.
En respuesta inmediata al desafío iraní, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dio por terminado el alto el fuego y ordenó al Comando Central (CENTCOM) ejecutar intensas oleadas de bombardeos selectivos nocturnos contra radares, sistemas de defensa y lanzaderas militares dentro de territorio iraní. Pese a la ofensiva de Washington y el cruce de amenazas de represalias masivas, el Centro de Información Marítima Conjunta aclaró que el estrecho no está completamente bloqueado, ya que las fuerzas navales de la coalición internacional lograron desviar y garantizar el tráfico de buques a través de rutas alternativas en aguas de Omán.
La tensión escaló aún más en las últimas horas con la contraofensiva de la Guardia Revolucionaria, que lanzó ataques coordinados con drones y proyectiles contra bases e instalaciones de los Estados Unidos en países aliados de la región, registrándose impactos directos en Kuwait. Ante este escenario de hostilidades abiertas, el Secretario General de la ONU, António Guterres, emitió un enérgico llamado de urgencia para frenar la escalada armada. El temor de la comunidad internacional radica en que estos incidentes arrastren a las potencias regionales a una guerra abierta de consecuencias impredecibles para la estabilidad de los suministros globales.





