El mercado de trabajo en la provincia del Chaco atraviesa una metamorfosis alarmante donde la destrucción del empleo de calidad ya no es una amenaza lejana, sino un proceso en pleno desarrollo. Según los registros oficiales del INDEC y los análisis del Observatorio de la Deuda Social de la UCA para el primer trimestre del año, el aglomerado del Gran Resistencia escaló hasta alcanzar una tasa de desocupación del 9,7%. Este indicador no solo ubica al centro urbano chaqueño como el punto con mayor desempleo de todo el Noreste Argentino (NEA) —superando a Formosa (8,7%), Corrientes (6,0%) y Posadas (4,7%)—, sino que lo posiciona casi dos puntos por encima de la media nacional del 7,8%, consolidando un panorama de profunda vulnerabilidad para miles de familias.
Lejos de tratarse de un fenómeno transitorio, la raíz del problema reside en el deterioro cualitativo del empleo a través de una explosión inédita de la informalidad laboral. En el Gran Resistencia, la tasa de trabajo no registrado alcanzó un histórico 52,3%, marcando un hito en las estadísticas locales: hoy los trabajadores informales (91.816 personas) superan holgadamente a los formales (83.892). Este fenómeno responde a una clara dinámica de «sustitución de empleo» donde, en la comparación interanual, mientras se destruyeron cerca de 2.000 puestos de trabajo protegidos con aportes y cobertura de salud, el mercado absorbió a más de 8.500 personas en la precariedad absoluta de las changas, la venta ambulante y el cuentapropismo de subsistencia.
Esta radiografía de la precarización coloca al Chaco en un lugar crítico en la comparativa nacional, ubicándose entre las jurisdicciones más castigadas por la informalidad junto a provincias como San Juan, Tucumán y Santiago del Estero. Si se pone el foco exclusivamente en el sector de los asalariados privados a nivel provincial, el panorama es aún más devastador: cerca del 67% de los empleados no está registrado. De esta manera, el Chaco se consolida como la tercera provincia con mayor nivel de trabajo en negro de la Argentina, evidenciando un entramado productivo incapaz de sostener relaciones laborales bajo el amparo de la ley.
A la par del desempleo y la informalidad, la provincia exhibe una preocupante brecha en la tasa de inserción laboral que refleja la incapacidad del aparato económico para generar oportunidades reales. La tasa de empleo en el Gran Resistencia se ubicó en un magro 41,0%, situándose casi cuatro puntos por debajo del promedio nacional (44,8%). Esta menor proporción de personas efectivamente ocupadas genera una desproporcionada carga de dependencia económica sobre los hogares, donde cada vez menos ingresos —y cada vez más devaluados por la precariedad— deben hacer frente a las canastas básicas y al fuerte impacto de los gastos fijos de la economía familiar.
El colapso de la masa asalariada registrada encuentra su explicación directa en el freno violento de los dos motores tradicionales de la economía chaqueña: la obra pública y el comercio. La paralización de la construcción cortó de raíz el principal canal de absorción de mano de obra masculina no calificada, arrojando a miles de obreros al trabajo informal independiente, mientras que la caída del consumo obligó al comercio minorista a reducir planillas o volcarse a la subocupación horaria. En este contexto, el refugio en el autoempleo precario no funciona como una alternativa de progreso, sino como un síntoma de supervivencia en una economía donde el trabajo formal parece convertirse en un privilegio en extinción.





