No es un partido más; nunca lo fue. Cuando la camiseta celeste y blanca se cruza con la de Inglaterra, el fútbol trasciende la táctica para transformarse en un latido colectivo, un nudo en la garganta que une a más de 45 millones de almas en un solo abrazo. El aroma a épica sobrevuela cada rincón del país porque la memoria emotiva no falla: están las Malvinas en el pecho, el barrilete cósmico de Diego grabado a fuego en la piel y, ahora, el andar de una Scaloneta que ha aprendido a sufrir y a batallar con el corazón en la mano. El camino hasta aquí no fue fácil —el dramático triunfo 3-1 en el alargue ante Suiza demostró que este equipo sabe cómo plantarse cuando las papas queman—, pero el fuego sagrado de los campeones del mundo sigue encendido y hoy volverá a ponerse a prueba en el escenario más imponente.
La cita con la historia está pactada para este miércoles a las 16:00 (hora argentina) en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta, bajo el arbitraje del estadounidense Ismail Elfath. No es una semifinal cualquiera para Lionel Messi: increíblemente, este será su primer enfrentamiento oficial ante los ingleses vistiendo la camiseta de la Selección mayor. Scaloni planea mandar al campo de juego su estructura de gala, liderada por Emiliano «Dibu» Martínez en el arco, la firmeza de Cristian «Cuti» Romero y Lisandro Martínez en el fondo, el incansable despliegue de Rodrigo De Paul y Enzo Fernández en el mediocampo, y la letal dupla ofensiva conformada por Leo y Julián Álvarez. Del otro lado espera la dura y pragmática Inglaterra de Thomas Tuchel, que llega tras eliminar a Noruega en tiempo suplementario apoyada en el gran presente de Jude Bellingham y la peligrosidad de Harry Kane.
Para Argentina, la gloria vuelve a quedar a un solo paso de distancia. El ganador de este cruce colosal se ganará el boleto dorado para enfrentar a España el próximo domingo por la corona absoluta. La mesa está servida, las banderas ya cuelgan de las ventanas de cada barrio argentino y el grito contenido en el pecho está listo para estallar. El país se detiene por completo durante noventa minutos (o lo que haga falta) porque la ilusión de ver otra vez a nuestra Selección en lo más alto no es solo un deseo futbolístico: es la necesidad hermosa y eterna de volver a sentirnos los más felices de la Tierra.





