Este viernes 7 de agosto, las puertas del santuario de San Cayetano abrieron en un clima de inusual y helado silencio. En la provincia con el índice de indigencia más drástico de la Argentina y con una de las tasas de pobreza familiar más desgarradoras del mapa nacional, la tradicional postal de largas filas de fieles clamando por salud, pan y trabajo dio paso a un desolador vacío. La fe popular, históricamente refugio ante las crisis socioeconómicas, parece haber colisionado con un desgaste estructural donde el desaliento le va ganando terreno incluso a la devoción.

La falta de fieles en los pasillos de la iglesia no responde a una mejoría en las calles, sino todo lo contrario. Los datos oficiales del INDEC correspondientes al primer trimestre de 2026 confirman que el aglomerado del Gran Resistencia escaló al 9,7% de desocupación, posicionándose como la tasa de desempleo más alta de todo el Noreste Argentino (NEA) y superando holgadamente la media nacional del 7,8%. La tendencia muestra un deterioro marcado respecto al consolidado provincial de fines de 2025, cuando la desocupación se ubicaba en el 8,2%, dejando a Chaco sensiblemente por encima del promedio regional del 7,2%.

En los barrios del conurbano chaqueño, el drama no radica únicamente en la búsqueda infructuosa de un empleo formal, sino en la profundización de la indigencia extrema. Quienes antes acudían a rezar por un contrato o una oportunidad laboral, hoy subsisten atomizados en el día a día de la changa informal y la asistencia comunitaria. La baja concurrencia al templo no refleja conformidad ni alivio económico, sino la parálisis de una comunidad golpeada que vuelca sus pocas energías en la supervivencia cotidiana a tiempo completo.
El contraste resulta inapelable en este 7 de agosto: mientras los índices oficiales plasman un escenario laboral crítico e índices de desocupación en ascenso para Chaco, el patrón del trabajo encuentra sus altares semivacíos. La jornada no quedará registrada por el fervor de las multitudinarias procesiones, sino por la silenciosa evidencia de una sociedad sumergida en la urgencia económica, donde hasta la esperanza de pedir un milagro laboral parece haber quedado relegada.





