El Salario Mínimo, Vital y Móvil (SMVM) en la Argentina enfrenta una de sus caídas reales más drásticas de las últimas décadas. De acuerdo con investigaciones del CEHEAL (UBA-CONICET), el poder de compra del ingreso mínimo acumula un retroceso real cercano al 40%, situándose en valores históricamente bajos que resultan inferiores a los registrados durante la crisis de 2001. En el último trimestre, mientras el SMVM ronda los $372.400, los relevamientos oficiales del INDEC sobre la Canasta Básica Total (CBT) señalan que una familia tipo necesita más de $1.500.000 para no caer por debajo de la línea de la pobreza. Esta brecha de más del 300% entre el piso salarial y el costo de vida indispensable refleja que un haber mínimo cubre apenas una tercera parte de las necesidades básicas de un hogar.
A la par de la licuación de los ingresos fijos en el sector formal e informal, los estudios de consultoras de opinión privada muestran una severa reconfiguración en las pautas de consumo y de las finanzas familiares. El constante reajuste en los precios de los alimentos, sumado a las actualizaciones en las tarifas de servicios públicos y transporte, absorbe la mayor parte del presupuesto de los hogares. Ante este escenario, la capacidad de ahorro ha desaparecido prácticamente para los sectores medios y bajos, obligando a una gran parte de la población a recortar gastos esenciales o cambiar de marcas en la canasta masiva.
El impacto social se manifiesta también en el sobreendeudamiento como mecanismo de supervivencia diaria. Relevamientos de consumo privado sostienen que las familias recurren de manera sistemática al uso de tarjetas de crédito para financiar la compra de comida en cuotas, el pago de servicios básicos o el saldo de préstamos personales. Esta dinámica de atraso en los pagos y acumulación de intereses de mora erosiona aún más los ingresos futuros, consolidando un círculo vicioso de fragilidad económica para la mayoría de los trabajadores.





