Los datos oficiales del Boletín Epidemiológico Nacional encendieron las alarmas en las autoridades sanitarias y en los equipos de salud del país. Tras el registro de 46.779 casos notificados durante el último período anual —lo que representó una tasa nacional de 117,2 contagios por cada 100.000 habitantes y un incremento del 75,6% en relación con 2022—, el volumen de diagnósticos se mantiene en niveles históricamente altos. La franja etaria más afectada se concentra en jóvenes de entre 15 y 29 años, donde las tasas de incidencia superan ampliamente el promedio general y registran una mayor prevalencia en mujeres jóvenes.
Infectólogos y sociedades científicas señalan que este aumento responde a una suma de factores, entre los que destacan la disminución sostenida en el uso sistemático de métodos de barrera como el preservativo y una subestimación generalizada de los riesgos vinculados a las infecciones de transmisión sexual (ITS). Al ser una infección producida por la bacteria Treponema pallidum, la sífilis suele presentarse con úlceras no dolorosas o erupciones cutáneas que en muchos casos pasan desapercibidas. Si no se detecta y trata a tiempo con antibióticos como la penicilina, la enfermedad evoluciona a etapas crónicas y puede derivar en graves complicaciones severas e incluso en casos de sífilis congénita durante el embarazo.
Ante este escenario, las campañas públicas e iniciativas comunitarias centran su estrategia en la descentralización del diagnóstico mediante pruebas de testeo rápido, las cuales permiten obtener un resultado preliminar confidencial en menos de 20 minutos. Paralelamente, los profesionales insisten en la importancia de realizar controles preventivos periódicos aunque no existan síntomas perceptibles y en garantizar el acceso oportuno al tratamiento tanto para la persona diagnosticada como para sus parejas sexuales.





