En la árida estepa de la Patagonia atlántica, sobre la costa de Río Negro, se erige Punta Colorada, un asentamiento que hoy congrega a unos 1.600 trabajadores diarios para dar vida a la iniciativa energética más ambiciosa del país. Sobre las mismas tierras donde en 1969 funcionó HIPASAM —el histórico complejo minero que explotaba el hierro de Sierra Grande y que quedó desolado tras su cierre en 1992 por un decreto de Carlos Menem—, el país apuesta hoy a una nueva era industrial. Aquel viejo puerto, concebido para exportar mineral a través de un antiguo mineraloducto, se reconvierte ahora para albergar enormes tanques de almacenamiento y liderar la transformación de la Argentina en un exportador neto de hidrocarburos.

El protagonista de esta metamorfosis es el proyecto Vaca Muerta Oleoducto Sur (VMOS), una obra valuada en USD 3.000 millones liderada por YPF junto a otras ocho grandes compañías del sector: Pan American Energy, Vista Energy, Pampa Energía, Pluspetrol, Tecpetrol, Shell, Chevron y GyP. El consorcio tiene como objetivo conectar de forma directa la producción masiva de crudo no convencional proveniente de la cuenca neuquina con la terminal marítima rionegrina mediante un trazado terrestre de 437 kilómetros de cañerías de 30 pulgadas, complementado por un tramo submarino de 15 kilómetros que vinculará las instalaciones con las monoboyas en alta mar.

Con una ejecución que ya lleva 18 meses y un nivel de avance del 85%, el cronograma prevé que el próximo 31 de diciembre ingrese el primer flujo de petróleo al sistema. Esta infraestructura estratégica no solo revaloriza un enclave portuario con tres décadas de abandono, sino que habilitará a la Argentina para consolidar un flujo masivo de ventas al exterior, marcando un punto de inflexión definitivo en su matriz productiva y económica.





