La sucesión de tropiezos de sus socios estratégicos en el plano internacional provocó una señal de alerta en el Gobierno nacional de cara a sus pretensiones electorales para 2027. El retroceso legislativo de Donald Trump en Estados Unidos, la derrota de Jair Bolsonaro en Brasil y la crisis institucional en Paraguay terminaron con la aspiración de consolidar un mapa político alineado en la región. En los pasillos de Balcarce 50 predomina la preocupación de que el desgaste de las expectativas generadas en campaña termine replicándose a nivel local si los avances de gestión no se traducen en mejoras tangibles para la población.
A este escenario externo desfavorable se le suma un enrarecido clima interno caracterizado por la falta de coordinación estratégica y el estancamiento de la agenda legislativa. Distintos sectores del oficialismo apuntan contra la parálisis de la mesa política, la cual postergó decisiones clave sobre alianzas provinciales y sufrió reveses recientes, como la improvisada marcha atrás con el proyecto de Ley de Competitividad Financiera. Las prioridades del Ejecutivo quedaron temporalmente desplazadas por los compromisos internacionales y la expectativa centrada en la visita del papa León XIV al país.
El punto de mayor fricción política se concentró en el Senado, donde la relación entre el Ejecutivo y Patricia Bullrich llegó a su nivel de mayor tensión. En la Casa Rosada observan con malestar las posturas autónomas y las reuniones paralelas de la senadora, interpretándolas como un desafío directo a la conducción que encabeza Karina Milei. Ante esta encrucijada, el entorno presidencial evalúa alternativas para limitar su influencia dentro del bloque de La Libertad Avanza, mientras la interna amenaza con dinamitar los acuerdos de gobernabilidad construidos en el Congreso.





